La vida cotidiana de Emma Herbin se desenvuelve dentro de parámetros previsibles donde quiere que esté, a menos que sea uno de los períodos que dedica a la práctica de la arquitectura. Ya sea en Buenos Aires, donde nació y se crió, o en Londres, París, Madrid, donde vivió en el pasado, o Barcelona, donde vive y trabaja actualmente, el correr de los días y su percepción del entorno se tradujeron y se traducen en dibujos sobre las servilletas de papel que encuentra en bares y confiterías, a través de los cuales la artista crea historias que van sumando una autobiografía gráfica.
Dibujar y pintar sus tintas es para Emma Herbin tan esencial como respirar. Su arte es su esencia misma. Sin él imagino que la autora perdería su alma. Si Fausto le vendió el alma al diablo para conseguir una juventud intemporal, Herbin la vendió a su arte, con la afectuosa y obsesiva intervención de su padre, un artista secreto dentro de un universo burgués poco receptivo a las diferencias que imponen la sensibilidad y el talento artístico.
Herbin monta sus servilletas sobre rollos de papel higiénico, o rollos de papel de cocina. Estos rollos se pueden resolver en tapices extendidos o en instalaciones. En ambos casos no se nos escapa el sentido escatológico.
Alina Tortosa Buenos Aires agosto 2007